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El día que conocí a los padres de Wanda (o, Cómo fue que tiraron la puerta abajo)

2 Dic

Viene del post anterior.

Cuando la mamá de Wanda entró, seguida de su esposo y de un cerrajero que sabía poner “cara de circunstacia”, demostrando una visible preocupación empática respecto de la angustia de su pobre clienta, prácticamente corrió la pequeña distancia que separa la puerta del departamento contrafrente, en el primer piso, de su hija.

La desdichada mujer llegó a la puerta, observó a través de la cerradura y ahí si, volvió a largarse a llorar, ahora a los gritos.

Cuando, unos pasos atrás, finalmente llegué hasta donde estaba ella, se volteó y me soltó, desgarradoramente – “¡¡Tiene la llave puesta!!”

“Chau”, me dije. “Se suicidó”. No había forma de que una persona viva no hubiese escuchado los timbres…

Pero no. Wanda not dead.

(continuará)

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El día en el que conocí a los padres de Wanda

1 Dic

Era jueves a la noche. Tarde.
El niño estaba ya durmiendo y yo estaba intentando leer algo que ya no recuerdo cuando empecé a escuchar el timbre en el departamento de Wanda y Walter.

Sonaba insistentemente, casi en forma mecánica: Timbre, pausa. Timbre más largo, pausa. Dos timbres, pausa. Timbre, pausa.

Puse música bajito, para no tener que pensar en el posible delívery de pizza que, cansado de que no le abran, estaba parado en la puerta de un edificio familiar y me lamenté por el que estaba del otro lado, que no se resignaba a aceptar que mis vecinos no estaban en casa.

Resulta que, luego de aproximadamente media hora, los timbrazos aflojaron y, pared de por medio, ya no escuché nada. Diez increíblemente pacíficos minutos después, el timbre volvió a sonar, pero esta vez, en mi casa.

Atendí, dispuesta a decirle a quien fuera que no iba a pagar una pizza que no fuera mía, cuando una voz de mujer, llorando, me dijo lo siguiente:

“Por favor, escuchame: soy la mamá de Wanda. Estoy segura de que está adentro y tengo miedo de que le haya pasado algo grave. Hace un día que intentamos comunicarnos con ella y no tenemos respuesta. Por favor, te pido que me dejes entrar al edificio, para chequear que está bien”

La voz de la mamá del otro lado del portero eléctrico me conmovió. Pero, a la vez,  sentí cierta desconfianza… ¿Quién era esta mujer? ¿Cómo podía yo estar segura de que ella era la mamá de mi vecina? ¿Qué derecho tenía yo a dejarla entrar a la casa de su hija?

La mamá de Wanda sonaba absolutamente preocupada:

-“Te aseguro que no te molestaría si no fuera de fuerza mayor” – me decía. “Ayer echaron del trabajo a Wanda y Walter está de viaje en Río Negro. Ni él ni yo pudimos establecer contacto con ella. Jamás desaparece así, no está con ninguna de sus amigas, por favor abrime…”

Le expliqué a la señora que no podía dejarla pasar, que ella era una desconocida y cuando me escuchó se largó a llorar desconsoladamente.

Ahí se me ocurrió decirle a ella que me pusiera en contacto con Walter: Si él me daba autorización, yo la haría entrar”.

Fue así que terminé llamando al celular de Walter a las 12 de la noche de un jueves:

-“Hola Walter, soy tu vecina de al lado. Acá hay una señora que quiere entrar a tu casa”

-” Gracias por llamar, ¡estoy desesperado!”- confieso que sonaba realmente muy mal… “Por favor, dejá a la mamá de Wanda entrar con un cerrajero, necesito estar seguro de que ella está bien…”

La conversación duró lo necesario como para que yo me cerciorara de que Walter era Walter, de que me conocía y de que realmente era él que vivía en el departamento de al lado.

Y como soy, en esencia, compasiva, decidí permitir que ese jueves, a las 12:3o, la madre de Wanda, su esposo y el cerrajero, hicieran entrada al edificio del barrio de Coghlan.

(continuará….)