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El día que conocí a los padres de Wanda (o, Cómo fue que tiraron la puerta abajo)

2 Dic

Viene del post anterior.

Cuando la mamá de Wanda entró, seguida de su esposo y de un cerrajero que sabía poner “cara de circunstacia”, demostrando una visible preocupación empática respecto de la angustia de su pobre clienta, prácticamente corrió la pequeña distancia que separa la puerta del departamento contrafrente, en el primer piso, de su hija.

La desdichada mujer llegó a la puerta, observó a través de la cerradura y ahí si, volvió a largarse a llorar, ahora a los gritos.

Cuando, unos pasos atrás, finalmente llegué hasta donde estaba ella, se volteó y me soltó, desgarradoramente – “¡¡Tiene la llave puesta!!”

“Chau”, me dije. “Se suicidó”. No había forma de que una persona viva no hubiese escuchado los timbres…

Pero no. Wanda not dead.

(continuará)

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Las sesiones nocturnas

21 Oct

“¡Que buenas sois, mis vecinas! Pero me faltan 3 gallinas” – Anónimo

Pasó una semana, o dos, desde la mudanza de Wanda y Walter al edificio. Las fiestas de inauguración habían terminado.

Y habían empezado otro tipo de fiestas. Todas las noches, a eso de las 8 y media de la noche, empezaba la sesión nocturna de gemidos y suspiros y frases cortas.

Las escuchábamos al lado nuestro. Como si fuera adentro del living.

El macho argentino y la novia de América daban buen uso a su sillón. Al lado de mi pared. Adentro de mi taza de té, por encima del volumen de grooveshark, o de la tele, cuando mi hijo estaba haciendo tarea, cuando estaba intentando trabajar, o cocinar, o leer, o peinarme la trenza… no importa lo que hiciera, era acompañado por la película porno en vivo de Wanda y Walter.

Para quien tiene un hijo de 7 años, las alternativas eran pocas: poner música más fuerte, llevar la tarea al cuarto, mandar al niño a bañar o a dormir, alegar el maullido de un gato loco…

O poner una película, o ponerse a cantar, o desviar la atención, o…

Las diferentes tácticas de camuflaje de la cópula de los vecinos se volvió tarea central para los dos adultos de la casa.

Y cada vez, nos planteábamos si es que era posible que ellos no se dieran cuenta del volumen que manejaban.  Si la molestia que nos ocasionaban podía ser algo que sucediera de forma involuntaria, solo descuidada.

Elegíamos pensar que si, que ya se iban a dar cuenta de su imprudencia e iban a mudar sus sesiones nocturnas a un ambiente más alejado de la pared medianera.

 

La primera vez que hablé con Walter

20 Oct

“Al comprar una casa, piensa en el vecino que adquirirás con ella” – Provervio

Luego del episodio del sofá, empezamos a notar movimiento en el departamento de al lado: Idas y venidas, algún que otro movimiento de muebles: Los nuevos vecinos se estaban instalando.

Hubo taladros, martillazos, indicaciones dadas a los gritos del estilo -“Dejá eso ahi!” o “¡No toques eso!” pero nada del barullo habitual de una mudanza tradicional me hacía intuir el futuro que nos acechaba.

Por algunos días, no me los crucé, ni a ella ni a él.

Pero si empecé a escucharlos, comprobando, por ejemplo, que tenían un equipo poderoso de música que, evidentemente, adoraban.

O que hablaban a los gritos entre ellos.

O bueno, que inauguraban la casa varias veces en una misma semana, con diferentes grupos de amigos que entraban y salían de su departamento  hasta altas horas de la noche.

Una pareja joven, pensé. Una pareja divertida. Están estrenando su primera casa. Nada por que preocuparse.

En fin, kuego de aproximadamente una semana,  me lo crucé  por primera vez a Walter . Estaba hablando con mi querida vecina de enfrente, una mañana. Salió de su departamento, nos saludó a ambas y se presentó como “el nuevo” .

He aqui sus primeras palabras:
– “Disculpen, el motor de la caldera, siempre hace ese ruido infernal al encenderse? Estoy muy preocupado, porque me parece que no me voy a poder acostrumbrar al ruido que hace. Ya hace dos noches que me tiene insomne”

 

Já. Pobre, no podía dormir por el ruido.

– “Acá no vas a tener problemas“, le dije. “Es un edificio tranquilo”

El sofá en la puerta de entrada

19 Oct
“Los vecinos que uno nunca ve de cerca son los vecinos ideales y perfectos” – Aldous Huxley
Me enteré de los vecinos nuevos cuando quise abrir la puerta de entrada para salir, de mañana tempranito un sábado cualquiera.
Abrí la puerta y allí estaba el colosal objeto de mobiliario que pertenecía a los nuevos vecinos: un sofá gigantesco, macizo, fenomenalmente aparatoso.
Despistada como soy, no había prestado demasiada atención a la mudanza de nuestra anterior vecina.
Se había despedido cordialmente por mail y sabía, gracias a mi querida vecina de enfrente, que nos había recomendado muy bien a los nuevos dueños.
“Son una familia encantadora“- les había dicho y, por como se habrían de desenvolver los acontecimientos,  sinceramente pienso que hubiera deseado que la desalojante les dijera  – “Son miembros de la camorra italiana” – de forma que los ingresantes Wanda y Walter nos tuvieran un poco más de miedo.
No fue así y delante mío estaba el mastodonte sillón que era testimonio de dos realidades que tomarán cuerpo en futuros episodios:
  • Wanda y Walter tenían un mueble aparatoso e indesarmable que no entraba por la puerta y, como se comprobó la semana siguiente, cuando dicho sofá permaneció estacionado en el pasillo distribuidor, no habían sabido prever que el ingreso a su nueva morada habría de dificultarse. Sin medir las consecuencias y sin plan de contingencia, no tuvieron problema en decorar el espacio común con su inoportuno mobiliario.  Clara demostración, a las pruebas me remito, de la falta de sentido de realidad de mis nuevos vecinos y carencia de talento en el momento de adaptarse a nuevas circunstancias. Y por supuesto, falta de solidaridad con el prójimo cercano, pero eso ya hubiera sido mucho pedir.
  • Wanda y Walter tenían un sofá gigante. Muy gigante, casi perdiendo la categoría de sofá…  Y por los hechos que relataré en futuros encuentros, definitivamente el mueble más utilizado de la casa.

y vos,¿Qué opinás?

18 Oct

Tu opinión es muy importante para nosotros

El principio de todo

18 Oct

Como cualquier historia, esta tiene un principio:

Hace tres años que vivo en el tranquilo barrio de Coghlan en un departamento cómodo y luminoso.

Hasta hace 4 meses pensaba que mi vida tenía ya una cantidad razonable de dificultades, que compensaban por otra cantidad razonable de privilegios y momentos felices.  Si me hubieras preguntado, te hubiera dicho que no me hacia falta ningún otro problema, que ya me arreglaba bien con los que tenía.

Hasta hace 4 meses, si me hubieran contado que una cosa tan aparentemente inocua como una mudanza de otro, iba a cambiar mi vida por completo, hubiese dudado y posiblemente reído de aquel que lo sugiriera.

Pero no. Se ve que no, que no tenía problemas suficientes.

Pero no, se ve que si, que una mudanza de vecinos puede cambiar tu vida.

Porque los problemas llegaron y porque mi vida empeoró cuando llegaron Wanda y Walter